Acabo de volver de vacaciones, este año han sido un poco atípicas, han consistido por primera vez en muchos años, en no hacer nada. Esta inactividad me ha dejado si cabe más cansado que al principio. He añorado en algunos momentos, la frenética acción diaria, el seguimiento de los objetivos, en fin el día a día variado, a la par que repetitivo y monótono, pero con su dosis de adrenalina que te lleva a desear el fin de semana como el "sumun" del placer, del descanso.
Estas vacaciones han pasado entre largas mañanas al sol en la piscina mientras mi hija de cuatro años aprende a nadar, y mi hijo mayor (de catorce), me deja atrás con una facilidad pasmosa. Cómo añoro aquellos 17 a 21 años en los que me comía las piscinas con pasmosa soltura, ahora apenas 400 metros y la parece que la vida se escapa entre unas manos que apenas arrastran el agua ... en fin cada verano descubro una vez más el paso del tiempo, cuando más parece que éste se detiene.
A ellos he de añadir como propia ya que casi lo es, a la hija de mi mujer, que con sus ya 18, va y viene de la playa a la verbena y de ésta al parque, excelente lugar de reunión, que extrañamente en nuestra urbanización ha desbancado a las modernas tecnologías, y es espacio común, desde los más pequeños hasta los que ya abandonan la adolescencia.
Las tardes tranquilas se suceden entre asaltos a la nevera, degustación de habanos y largas series de búsquedas entre la red y los libros, ganan al final éstos.
Mis hijos pasan las tardes entre los amigos del parque, la "play" , la siesta (sólo el mayor, porque trasnocha), asaltos a la nevera (donde a veces coincidimos) y cortas pero intensas horas de tele, donde parece mentira, los años no pasan por nuestros viejos amigos Disney.
Por fin hoy tras una atenta lectura de mi correo, descubro que sigo siendo necesario, que no imprescindible, lo cual me lleva a centrarme nuevamente en este anodino a la vez que estimulante trabajo, que cual condena cumplo desde hace ya más de 20 años.
Estas vacaciones han pasado entre largas mañanas al sol en la piscina mientras mi hija de cuatro años aprende a nadar, y mi hijo mayor (de catorce), me deja atrás con una facilidad pasmosa. Cómo añoro aquellos 17 a 21 años en los que me comía las piscinas con pasmosa soltura, ahora apenas 400 metros y la parece que la vida se escapa entre unas manos que apenas arrastran el agua ... en fin cada verano descubro una vez más el paso del tiempo, cuando más parece que éste se detiene.
A ellos he de añadir como propia ya que casi lo es, a la hija de mi mujer, que con sus ya 18, va y viene de la playa a la verbena y de ésta al parque, excelente lugar de reunión, que extrañamente en nuestra urbanización ha desbancado a las modernas tecnologías, y es espacio común, desde los más pequeños hasta los que ya abandonan la adolescencia.
Las tardes tranquilas se suceden entre asaltos a la nevera, degustación de habanos y largas series de búsquedas entre la red y los libros, ganan al final éstos.
Mis hijos pasan las tardes entre los amigos del parque, la "play" , la siesta (sólo el mayor, porque trasnocha), asaltos a la nevera (donde a veces coincidimos) y cortas pero intensas horas de tele, donde parece mentira, los años no pasan por nuestros viejos amigos Disney.
Por fin hoy tras una atenta lectura de mi correo, descubro que sigo siendo necesario, que no imprescindible, lo cual me lleva a centrarme nuevamente en este anodino a la vez que estimulante trabajo, que cual condena cumplo desde hace ya más de 20 años.
No hay comentarios:
Publicar un comentario