Cataluña.
La nueva ley catalana, es como muchos esperábamos, la "crónica de una muerte anunciada", pero no la muerte del Toro de lidia, sino la muerte de la libertad de decisión, la libertad de optar por asistir o no a un espectáculo, que es a la vez arte y riesgo, reflejo de la vida y expresión cultural de un pueblo, tanto del catalán como no sólo del resto de los pueblos de España, sino que cruzando fronteras ha arraigado en muchos pueblos de la América hispana, y que en diversas formas se extiende también por la geografía de Portugal y Francia.
El principal problema que veo en esta ley, no es el hecho en sí misma de su contenido, sino el trasfondo, el sentimiento que impulsa a sus defensores, y la en apariencia oculta intención que les lleva a promover la misma. Tras esta ley, no está el pueblo catalán, no en su gran mayoría, las 180 mil firmas que sirven de excusa para su tramitación, serán probablemente si no todas, si la mayoría de las que en el mejor de los casos podrían conseguir, pero como escusa, digo, suficientes para por vía parlamentaria, insertar una cuña más en la grieta que los exaltados y acérrimos nacional-totalitaristas catalanes (sólo éstos, no el resto) intentan meter en su relación con el resto de los pueblos de España.
Cataluña prohibe los toros, una pena, habrá que ir a Zaragoza y otras plazas cercanas para seguir disfrutando del espectáculo.
Imagino que empezará ahora toda una carrera para tratar de anular esta ley o sus consecuencias, y esta carrera, como su primera etapa, se correrá no por el toro (han quedado fuera espectáculos taurinos como los toros embolados que suponen el mismo nivel de maltrato que el perseguido con las corridas, pero que por lo visto, convertidos en votos, pesan más que éstas), sino una vez más por ver quién puede más, los que buscan la ruptura, la vuelta a los reinos de taifas, o los que apuestan por la convivencia, la libertad y en definitiva con amplitud de miras avanzar, nunca retroceder.
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