Hace ya unos años los españoles iniciamos una particular travesía del desierto. La crisis que desde 2007 venimos padeciendo, parece no tener fin. Desde entonces como sucede siempre que acontece un hecho extraordinario y sorprendente, han surgido “voces autorizadas”, que con todo lujo de detalles nos han venido a explicar qué es lo que había sucedido. Cuánto habríamos agradecido que estas mismas “voces”, en un alarde de sabiduría e ingenio, nos hubiesen anticipado qué es lo que iba a suceder.
Pero esto, salvo en la ya remota época de los profetas bíblicos, ya no sucede, o si sucede, somos incapaces de verlo o de aceptarlo. Forma parte de nuestra condición humana la “temporalidad” de nuestras acciones y de nuestras decisiones, vivir el momento, pensando que éste va a perdurar más allá del dulce instante en que alzando la vista vemos un horizonte amplio, despejado y seguro, sin obstáculos en el camino. Es entonces cuando tomando impulso saltamos.
Entonces ebrios de optimismo tomamos empréstitos, acometemos las más arriesgadas empresas, y al grito: “fortuna audaces iuvat”, entregamos nuestras almas en sus brazos. Y así uno tras otro, pueblos e individuos cedemos a la vorágine del consumo.
De nada valen las voces de los que llaman a la sensatez y la mesura, para qué si todo crece. Crece la economía, crecen nuestros bienes logrados con nuestro trabajo (presente y futuro hipotecado) el cual también vemos crecer y mejorar. Crecen nuestros hijos, fruto de nuestro amor optimismo e ilusiones puestos en ese futuro abierto, amplio, despejado,… y comprometido por un presente al que arrebatamos su momento, anticipando al hoy, los resultados del mañana.
Hay un momento, un punto de inflexión, ése que ahora todas las “voces autorizadas” son capaces de encontrar, analizar y poner ante nuestros ojos cual monstruosa evidencia; de nada sirve. La marcha se detiene el pánico se apodera de las mentes y el ara de la diosa fortuna queda huérfana de fieles.
Llega la hora de los lamentos, la contracción de la economía es de tal calibre que sólo en frenar hemos tardado cinco años. Los bienes, logrados con nuestro esfuerzo hipotecado, se esfuman ante nuestros ojos cual nube de verano, quedamos atónitos, vacíos incapaces de reacción. Buscamos las causas, los culpables: Ahí están: Gobiernos poco previsores, mercados financieros insaciables, empresarios codiciosos, y al pie de todos ellos, alimentándolos, ciudadanos ingenuos.
Y nos indignamos, nosotros, los confiados, los ciudadanos incautos, que ante los cantos de llamada del consumo, de la vida fácil, del lujo y el dispendio que nos facilitaba el constante anticipo del esfuerzo de nuestro trabajo, ahora, cuando todo se esfuma, cuando sólo nos queda la cuenta vacía, la vivienda enajenada y la mente puesta en qué comerán maña mis hijos, ahora nos indignamos, y no lo hacemos contra nosotros, que vivimos en la alegría sin pensar en el mañana, no nos indignamos contra nuestra insensatez, nuestra falta de cordura, de previsión, de acierto en sopesar la auténtica realidad de nuestras posibilidades, personales, sociales, laborales, … Buscamos fuera un culpable buscamos un lobo al que acusar de todos nuestros males: ¿quién nos incitó a comprar, quién nos animó al trabajo fácil, al dinero sin esfuerzo, quién se enriqueció con nuestras decisiones más allá de lo sano y razonable?
Nuestra indignación cual espejo evidencia la respuesta, y más indignados aún rechazamos que esté en nosotros el origen de nuestros males…
No aprenderemos de nuestros errores mientras no seamos capaces de asumirlos. No corregiremos nuestros errores, mientras busquemos responsabilidades externas, sin aceptar que somos los primeros responsables de nuestras acciones.
No podremos exigir que gobiernos, mercados y empresarios tengan un comportamiento ético y cuando menos razonable, cuando, nos guste o no, formamos parte de ellos, los elegimos, los buscamos, o les servimos cual empleado fiel (o siervo de la gleba).Pasar de la indignación a la acción: cambiemos el fondo de nuestros corazones. Vivir el momento sin pensar en el mañana ha de dar paso a vivir el momento sin hipotecar el mañana.
Pero esto, salvo en la ya remota época de los profetas bíblicos, ya no sucede, o si sucede, somos incapaces de verlo o de aceptarlo. Forma parte de nuestra condición humana la “temporalidad” de nuestras acciones y de nuestras decisiones, vivir el momento, pensando que éste va a perdurar más allá del dulce instante en que alzando la vista vemos un horizonte amplio, despejado y seguro, sin obstáculos en el camino. Es entonces cuando tomando impulso saltamos.
Entonces ebrios de optimismo tomamos empréstitos, acometemos las más arriesgadas empresas, y al grito: “fortuna audaces iuvat”, entregamos nuestras almas en sus brazos. Y así uno tras otro, pueblos e individuos cedemos a la vorágine del consumo.
De nada valen las voces de los que llaman a la sensatez y la mesura, para qué si todo crece. Crece la economía, crecen nuestros bienes logrados con nuestro trabajo (presente y futuro hipotecado) el cual también vemos crecer y mejorar. Crecen nuestros hijos, fruto de nuestro amor optimismo e ilusiones puestos en ese futuro abierto, amplio, despejado,… y comprometido por un presente al que arrebatamos su momento, anticipando al hoy, los resultados del mañana.
Hay un momento, un punto de inflexión, ése que ahora todas las “voces autorizadas” son capaces de encontrar, analizar y poner ante nuestros ojos cual monstruosa evidencia; de nada sirve. La marcha se detiene el pánico se apodera de las mentes y el ara de la diosa fortuna queda huérfana de fieles.
Llega la hora de los lamentos, la contracción de la economía es de tal calibre que sólo en frenar hemos tardado cinco años. Los bienes, logrados con nuestro esfuerzo hipotecado, se esfuman ante nuestros ojos cual nube de verano, quedamos atónitos, vacíos incapaces de reacción. Buscamos las causas, los culpables: Ahí están: Gobiernos poco previsores, mercados financieros insaciables, empresarios codiciosos, y al pie de todos ellos, alimentándolos, ciudadanos ingenuos.
Y nos indignamos, nosotros, los confiados, los ciudadanos incautos, que ante los cantos de llamada del consumo, de la vida fácil, del lujo y el dispendio que nos facilitaba el constante anticipo del esfuerzo de nuestro trabajo, ahora, cuando todo se esfuma, cuando sólo nos queda la cuenta vacía, la vivienda enajenada y la mente puesta en qué comerán maña mis hijos, ahora nos indignamos, y no lo hacemos contra nosotros, que vivimos en la alegría sin pensar en el mañana, no nos indignamos contra nuestra insensatez, nuestra falta de cordura, de previsión, de acierto en sopesar la auténtica realidad de nuestras posibilidades, personales, sociales, laborales, … Buscamos fuera un culpable buscamos un lobo al que acusar de todos nuestros males: ¿quién nos incitó a comprar, quién nos animó al trabajo fácil, al dinero sin esfuerzo, quién se enriqueció con nuestras decisiones más allá de lo sano y razonable?
Nuestra indignación cual espejo evidencia la respuesta, y más indignados aún rechazamos que esté en nosotros el origen de nuestros males…
No aprenderemos de nuestros errores mientras no seamos capaces de asumirlos. No corregiremos nuestros errores, mientras busquemos responsabilidades externas, sin aceptar que somos los primeros responsables de nuestras acciones.
No podremos exigir que gobiernos, mercados y empresarios tengan un comportamiento ético y cuando menos razonable, cuando, nos guste o no, formamos parte de ellos, los elegimos, los buscamos, o les servimos cual empleado fiel (o siervo de la gleba).Pasar de la indignación a la acción: cambiemos el fondo de nuestros corazones. Vivir el momento sin pensar en el mañana ha de dar paso a vivir el momento sin hipotecar el mañana.
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