Según nos informa el Diccionario de la R.A.E., la excelencia es la "Superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo." En su segunda acepción, que aquí no viene al caso, se refiere al tratamiento que se da a las personas por su dignidad o empleo.
Este concepto está incorporando en el mundo empresarial un nuevo significado, el término se quiere aplicar a aquellas personas que desarrollan su cometido en la empresa de tal forma que ésta logra alcanzar los objetivos y metas planteados a nivel estratégico. Estos individuos, una vez toman conciencia de su puesto en la empresa, de la proyección que la consecución de dichos objetivos puede llevar aparejada, harán lo posible (y lo imposible) por alcanzar los mismos, no escatimando esfuerzos ni energías. El premio a su esfuerzo y dedicación, no será sólo económico (el principal en el mundo empresarial), sino que llevará aparejado el reconocimiento como "excelente", grado que irá descendiendo en la medida que el grupo se aleje de aquel que más se acerque a la perfección, entendiendo como tal la consecución de los objetivos previamente fijados por la empresa (y que no lo olvidemos que según la teoría clásica, el fin último de la empresa es lograr "el máximo beneficio").
Estos son los nuevos "excelentes" del siglo XXI, los modelos a imitar.
Qué lejos de aquellos de antaño, valorados por su honradez profesional, la altura de sus valores morales y personales, y no digamos ya de su ejemplo en otros ámbitos como las artes, la ciencia, e incluso aunque en menor medida, en la "res publica".
Por otra parte bien es cierto que cada generación da un selecto grupo de personas "excelentes", y me refiero aquí al concepto con el que inicio el artículo, personas que destacan en los distintos campos de lo social, del saber y de las artes en general, personas dignas no solo de aprecio, sino también de imitación.
Porque la sociedad en general, cualquiera que esta sea, necesita modelos, personas de referencia a las cuales mirar y emular. La excelencia en este sentido pasa de ser una cualidad personal e individual, a convertirse en ejemplo y modelo "social" a seguir.
En nuestra sociedad hace ya mucho tiempo (al menos doscientos años), que faltan personas excelentes, no queiro decir que no las haya habido, sino que su número y proyección social ha sido insuficiente. Alguien preguntará, suficiente para qué, y a esta cuestión respondo: para imitar, para modelar el espíritu del grupo, de la "sociedad", no en el sentido repetitivo del término, no imitar como el chimpancé o el loro, sino en el mejor de los sentidos, imitar asimilando haciendo propios los valores observados.
Hace mucho que en España, se dió una silenciosa "Revolución de las Masas", su origen: entre finales del XIX y principios del XX, sus antecedentes inmediatos: la modernidad, que entra a tropel con las tropas napoleónicas, y se cultiva en el desánimo y abatimiento de la pérdida de las colonias, y cuaja en los movimientos socio-políticos y especialmente culturales, de las "Generaciones del 98 y del 27".
En este caldo de cultivo se fragua ésa revolución social donde las masas ante la falta de personas excelentes a las que imitar, se rebelan, se sublevan y se aupan a los más altos niveles de lo social, se autoproclaman campeones de la justicia, "pacificadores" de la vida pública, y "sientan cátedra" a modo de "democráticos dictadores de medio pelo" en todos los ámbitos de lo social.
Así las cosas, el devenir del pasado siglo y la aparición de las nuevas tecnologías, especialmente en el ámbito de la comunicación, no solo han hecho crecer esta rebelión, sino que al momento presente, tratar de ser "excelente", "extraordinario", ya no es visto como un valor, sino como una subversión, el triunfo de las masas ha encumbrado a la élite de la vida pública al mediocre, aquel que hoy es admirado, ayer era un iletrado, un ser vil incapaz de entender más allá del impulso de sus livianas emociones.
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