La política es el sublime arte a través del cual el hombre, expresa con mayor claridad, transparencia y honestidad, lo imbécil que puede llegar a ser. Si a esto le unimos que en nuestro tiempo la política se manifiesta principalmente a través de una suerte de asociacionismo al que llamamos “partido político”, tenemos como resultado que la vida pública está en manos de unos imbéciles que reunidos en torno a un proyecto tratan de convencernos al resto de la trascendencia del mismo.
¡ Y lo peor, es que cada cuatro años nos vemos abocados a refrendar semejante desatino!
No quiero aquí que se me mal interprete, no creo que el cuidado de la “res publica” sea una asunto baladí, sino que la forma en que a lo largo de los últimos doscientos años nos venimos organizando mayoritariamente en Occidente, ha llegado a su punto de saturación. Desde principios del siglo pasado, en Europa, y muy especialmente en España, el modelo de “Hombre político” comienza un declive en su calidad y cantidad, que ya en nuestros días podemos considerar como una especie extinguida. A esta extinción del “Hombre político” de calidad han contribuido una serie de factores, gestados en las postrimerías del siglo XIX. Por una parte ( y no cito por ningún orden concreto), las ideas de la Revolución Francesa, extendidas por el Continente cual plaga bíblica, tuvieron un efecto devastador sobre la vida y el espíritu de las gentes, en especial sobre las masas iletradas y proletarias que crecieron al paso de los ejércitos napoleónicos, ocupando su lugar y sus oficios.
La Revolución industrial, responsable del desarrollo socio-económico del Continente, generó una nueva clase de individuo, un nuevo hombre surgido desde lo profundo de la tierra (un hombre que literalmente sale del campo y viene a caer en el “Subura” de la Ciudad Moderna), se trata de un hombre que no solo ha abandonado el campo, sino que además con él y con el paso de los carros de la guerra, deja atrás las ideas y ataduras del “Viejo Régimen”, y junto a ellas deja también su fe y su espíritu, para llenarse de un nuevo orden, un mundo nuevo de ideas de libertad, de derechos, de oportunidades, pero también de fracasos, decepciones y nuevas formas de humillación y opresión.
El “Nuevo Orden” cambia el campo por la urbe (ya hoy por fin habitan más hombres en las ciudades que en los campos del planeta), cambia al señor feudal por el patrón y cambia a Dios por La Razón.
Este largo parto de más de cien años va gestando al nuevo hombre “liberado” de las antiguas ataduras, pero esclavo ahora de sus nuevas pasiones. Un hombre en fin vacío de espíritu que anhela llenar de “realidades inmediatas”, terrenales y por tanto fútiles, un hombre en fin incompleto, lleno de esa sensación de vaciedad que da el “querer y no tener” de lo material.
Este hombre pergeñado entre las guerras de dos siglos, aparece hoy ante nuestros ojos. El nuevo Hombre-Masa, engolado de sí mismo, repleto de “derechos” y vacío de “obligaciones”, que hace suyas “ideas y creencias” pasadas por el tamiz de la razón, llega a los albores del nuevo milenio cual figura de porcelana, con una magnífica apariencia, una presencia ideal, pero hueco y vacío en su interior.
Es un hombre inútil, un bueno para nada. Un hombre incapaz de afrontar el reto del nuevo milenio. Y cual es el reto de nuestro tiempo, superar la razón, volver a poner el hombre en el centro y en su centro poner al hombre.
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