¿Cúales son los peligros que nos acechan? Hablar de Europa y de peligros en medio de una crisis económica parece una pergrullada. Sin embargo creo que es precisamente ésta la pregunta que hoy tenemos que hacernos en Europa.
No es la actual crisis económica el mayor, ni el peor de los problemas que aquejan al Continente. Es cierto que en el actual momento, éste es el problema que más nos preocupa, pero para mí no es un problema: es un síntoma.
La crisis se ha presentado como tal y es cierto, lo es, su internacionalización a países fuera del ámbito continental hacen de ésta un problema que trasciende nuestras fronteras, pero para Europa no es lo más grave. Es más la propia existencia de ésta nos pone de manifiesto el verdadero mal que aqueja al Continente: La ausencia de un proyecto entusiasta y ambicioso, la pérdida de los valores comunes: culturales sociales y morales, religiosos, que den cohesión, que añadan valor al concepto Europa.
El desarrollo tecnológico ha llevado al hombre europeo a creer que no solo domina, sino que comprende y abarca el entorno. Unido a esto, el formidable desarrollo vivido por los "mass media", su popularización y la banalización de la información acaecidos el el final del último tercio del siglo XX, han hecho creer al Europeo y por ende al hombre occidental (entiendo por tal a todo aquel cuyo bagaje socio-cultural-religioso, proviene directa o indirectamente de Europa, ya sea por asimilación cultural o por histórica imposición política), que posee un exacto y amplio conocimiento de la realidad circundante. Nada más lejos de la verdad. Hoy más que en otra época histórica precedente, se hace buena la frase "los árboles no dejan ver el bosque", los árboles de la inmediatez en la comunicación, de la globalización socio-cultural, de la pérdida del sentido de lo trascendente el en hombre europeo, le hacen creer, como antes he apuntado, que no sólo es dueño y señor de su destino, sino que alcanza a comprender, conocer y dominar el mismo.
Sin embargo este hombre está vacío, más que vacío, hueco, en él cual campana, cualquier idea, cualquier acontecimiento, suena y se repite en lontananza como señal, como faro que guía, pero sin rumbo. La buena idea de hoy, mañana habrá pasado, el sentimiento de ayer no perdura más allá del momento presente, vacíos de valores, de sustancia trascendente, vivimos la inmediatez como valor, y el futuro se hace presente, olvidando que el pasado de hoy es la idea central que ayer nos guiaba hacia hacia un futuro cada vez más inmediato y fugaz.
No es tanto el volver atrás, y recuperar los valores que ayer dieron cohesión al ideal de Europa. No podemos constantemente mirar desde el presente al pasado añorando en el ayer lo que cada uno de los paises que conforman la nueva Europa han supuesto en su génesis, este ejercicio, esta añoranza del pasado en la que España lleva anclada más de cuatro centurias y que tantos males nos ha acarreado, tan sólo servirá para disgregar y diluir más si cabe el joven cuerpo de la incipiente Europa. tomar del pasado con valor con arrojo, con renovado entusiasmo si cabe, la esencia del "ser" europeo y trascendiendo nuestro común pasado de encuentros y desencuentros afrontar el reto del futuro común con decisión, ése es el reto.
En los años de juventud de la nueva Europa, ésta declinó su vocación histórica: forjar un pueblo común, unido en la diversidad, diverso en sus matices, pero transido por unos valores comunes: una cultura centrada en el hombre (Roma) y una religión liberadora, centrada en el otro (Cristianismo). Cual alocado joven ha preferido vivir el presente, disfrutar de la herencia y dilapidarla, se ha vaciado de principios para llenarse de utopías.
En los años de juventud de la nueva Europa, ésta declinó su vocación histórica: forjar un pueblo común, unido en la diversidad, diverso en sus matices, pero transido por unos valores comunes: una cultura centrada en el hombre (Roma) y una religión liberadora, centrada en el otro (Cristianismo). Cual alocado joven ha preferido vivir el presente, disfrutar de la herencia y dilapidarla, se ha vaciado de principios para llenarse de utopías.
Europa debe madurar, tomar de la historia común los valores que la han puesto en su actual posción y afrontar el futuro con decisión. Pero esta empresa como toda que se precie, requiere de esfuerzo, de tesón y sobre todo del sacrificio que supone el ejercicio de la madurez: Europa tiene que tomar decisiones y en esta hora, son decisones difíciles.
Esta crisis, como la acaecida a principios del siglo XX se superará con tiempo y paciencia, tanto lo uno como lo otro sucederán de forma inexoralble, y a poco que nos demos cuenta habremos dejado atrás la difícil coyuntura por la que hoy deambulamos cual espectros (sufrimos los efectos sin poder abarcar el "cuerpo" del problema).
La crísis, o mejor, la forma en la que Europa afronte esta crísis y su tránsito hacia la superación, determinará la madurez y responsabilidad del "Corpus" Europeo. Y a mi modo de ver, los actuales movimientos que los diferentes organismos politíco-económicos están teniendo, no auguran un buen futuro. Europa más que crecer y afrontar su primera madurez, sigue presa de sus gobiernos locales, sigue a expensas de soluciones parciales, sin una visión global que de credibilidad al proyecto Europa.
La prueba de fuego no va ser la superación de la crisis en sí, sino cúal será el nuevo hombre europeo saldrá de ella.
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