lunes, 22 de noviembre de 2010

EUROPA EN LA ENCRUCIJADA I

¿Existe Europa?, la pregunta que acabo de hacerme, casi cualquier niño de primaria debería poder responderla, o eso creo en mi humilde optimismo. Pero no es sobre educación sobre lo que me gustaría comentar. Realmente me pregunto, como tantos otros en los últimos cien años, si existe realmente Europa, y si es así, en qué consiste. Cuando a principios del siglo XX un viajero imaginario recorría el Continente, empezaba a encontrar una realidad común, un sentimiento que trascendía lo nacional, y que allá donde fuera, identificaba como sentimiento europeo. Las diferencias nacionales, locales, eran trascendidas por un incipiente sentimiento común, una idea que se iba forjando en las mentes de los habitantes de esos paises que conforman el pequeño continente al que llamamos Europa. Más que nunca en esos primeros años y más concretamente tras la Gran Guerra, se empezaba a forjar el sentimiento de trascendencia de lo local, las fronteras intraeuropeas empezaban a dejar de serlo, la Revolución Industrial de finales del XIX, materializada en la aparición de los modernos medios de comunicación: ferrocarril, automóvil, teléfono, radiodifusión y la ya materializada hacia finales de los años 20, aviación comercial, estaban cambiando la visión que el ciudadano francés, italiano, inglés, o español, tenían no sólo de su propio país, sino del conjunto, de esa fusión de valores, virtudes y limitaciones que a lo largo de dos mil años devinieron en conocer y calificar como Europa.

La Gran Guerra, supuso a mi entender el prólogo de esta génesis el nacimiento de la Europa moderna, el encuentro de las diferentes formas de entender el nuevo orden, se desarrolló, como no pude ser de otra manera en la génesis de toda sociedad, con la puesta a punto de toda la inventiva, conocimeinto, intelectualidad e industria que el saber ha deparado en la evolución del hombre occidental. La guerra fue el laboratorio donde todos estos ingenios e ideas que brúscamente entraron en contacto.

Las dos grandes guerras europeas del siglo XX, el fallido (como no podía ser de otro modo) ensayo marxista y el nacimiento de la nueva Europa (con la aparición de los primeros e incipientes organismos supranacionales, con un carácter aglutinante), han ocupado el ya pasado siglo. Ahora tras este doloroso parto, la Europa nacida se enfrenta a su gran prueba, pasada la infancia y la adolescencia, sólo le queda madurar o morir.

Ahora más que nunca, es la hora del europeo, es la hora de trascender los estrechos límites de lo local, de lo nacional, es la hora de afrontar la madurez con valentía, la hora de las decisiones difíciles y arriesgadas, la hora de acabar con los nacionalismos (con todos los nacionalismos, pro grandes o pequeños que éstos sean) y trascender, traspasarnos cual flecha que tras tensar el arco parte de éste y sin mirar atrás avanza resuelta sin titubear, sin mirar atrás, sin desviarse, hacia el centro: Europa. Resueltos los ciudadanos ahora más que nunca debemos dejar atrás viejas ideas, gobiernos, paises y con la vista puesta en la diana afrontar el reto: Es Europa y no ya Francia, España, Inglaterra, Italia, ... es la hora del hombre, el niño, el adolescente quedará atrás y el Hombre-Europa se abrirá paso o perecerá en el intento. En cualquier caso: ¡Ésta es la hora!

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