Cada cierto tiempo las crisis nos acercan a la cruda realidad de las cosas. Tras un tiempo de bonanza y crecimiento sostenido, los mecanismos del mercado tienen la "necesidad" de recargarse, al modo en que lo hacen las baterías de los ordenadores, estas "recargas", son las pequeñas crisis cíclicas, con origen en diversos factores, ponen a algún sector de la economía en tensión, esta tensión provoca una crisis, y tras esta el sector se reconvierte.
Sin embargo en ocasiones, al igual que con las baterías de los portátiles, éstas se agotan, ya no se pueden seguir recargando. En estos casos, estas crisis sectoriales dejan de serlo, la concatenación de varios factores desencadena una crisis global, ésta puede afectar a un país, una región geográfica, o como en el caso actual al llamado mundo capitalista (Europa, América del Norte, Asia-Pacífico). No voy ha ahondar en el origen de la crisis, es de todos sabido que los bajos tipos de interés en la zona Dólar,unido a una escasa regulación de los mercados financieros, sobre todo americanos y asiáticos, así como la conjunción en el tiempo del nacimiento del euro, dieron lugar no solo a un elevado endeudamiento de las economías domésticas, sino lo que es más grave, y que a la postre ha devenido en la actual situación: La, por decirlo de alguna manera, creación de dinero por parte del propio sistema financiero internacional. Si bien es cierto que a la postre, el sistema financiero ejerce un efecto multiplicador de la riqueza en la economía de mercado (argumento utilizado por el propio sistema en su defensa), no lo es menos que la citada falta de regulación financiera antes citada, unida a la ingeniería financiera desarrollada por las grandes corporaciones internacionales, puso en el mercado una serie de productos financieros con los que recuperar la liquidez invertida en operaciones de riesgo, cuya calidad crediticia a distado mucho de ser como mínimo "aceptable" (sin entrar a más calificaciones o "ratings").
En este punto, ahora, en medio de la crisis, la Europa Comunitaria, cuyas dos o tres velocidades quedan en estos momentos más patentes que en cualquier otro momento desde su creación, se debate entre "salvar los muebles" o reinventarse a sí misma.
Alemania, que tuvo su propia crisis interna tras la unificación es sin duda, y precisamente por esto la mejor preparada y la que con más prontitud ha afrontado la situación, teniendo ya una positiva tendencia en todos sus indicadores económicos.
Francia, pese al importante peso se su mercado interno, mantiene unas tensiones presupuestarias importantes, que salvo un adecuado plan de ajuste, y una reactivación del comercio exterior (entendiendo por tal el mercado de la Unión), podría presentar serios problemas para acometer el pago de su deuda.
Por el otro extremos tenemos a los países quebrados, Grecia, Irlanda y Portugal, cuyo lastre financiero está tensando las relaciones internas de la unión, no sólo desde el punto de vista financieros, sino incluso de pertenencia.
Entre medias el resto de los países, se sitúan entre estos extremos, según sea el área de influencia de sus mercados (Alemania o Francia).
España, que no he incluido en el grupo liderado por Alemania, presenta importantes tensiones, si bien estas a mi entender derivan más de la situación de inoperancia del gobierno, que a la capacidad para afrontar la actual situación de nuestra estructura económica.
Este momento de debilidad interna está siendo aprovechado desde el sector empresarial español para tensar al máximo las relaciones sociales y laborales, de un mercado ya de por sí inelástico, más por ideología (han sido demasiados años de malos gobiernos socialistas desde 1978), que por capacidad productiva, cualificación, etc.
La cultura de la subvención, el "café para todos" de las políticas sociales y laborales no podría traer, en tiempos de crisis, que estos "lodos".
¿Qué hacer ante este panorama?
Nuestros gobernantes, tanto locales, como europeos, no están afrontando la situación desde un punto de vista global, cada país, cada región como indicaba más arriba, trata de afrontar su propia crisis como interna, con soluciones limitadas, y en todo caso, contando con el benenplácito de un gobierno, que no lo es, de la Unión.
El fracaso de Maastrich, y su remedo de Constitución, no ha sabido contentar a nadie, ni ha llegado a calar en los pueblos y regiones de Europa.
Ahora cuando más necesaria sería una política global, con soluciones globales, tomadas desde el punto de vista financiero por la Unión (Banco Central), y desde el punto de vista socio-laboral por Bruselas, que esto es poco menos que impensable, es posible, pero cualquier alternativa puede llegar a ser para el conjunto de Europa más dolorosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario